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Fue un niño criado en una familia de tradición médica y en un ambiente autoritario, rígido y sobrado de respeto, propio de otros tiempos. Pero sobre todo, fue un niño marcado por el cáncer que padeció su madre y que acabó con su vida cuando él tenía apenas trece años de edad.
Tres años antes, con sólo diez, encontró respuestas en el dolor materno, su propia verdad, su talento oculto y su vocación temprana al ser repentinamente consciente de qué quería ser y hacer en la vida: cirujano plástico y estético.
Quería reparar, de algún modo, el daño que algunas enfermedades causan en la imagen de quienes las padecen. Quería, y sigue queriendo, hacer florecer y moldear la belleza escondida en los cuerpos, porque si algo le importa en este mundo es ofrecer al otro lo mejor que quiere para sí mismo.
Ayudado por su padre y hermanos, finalizó sus estudios de Medicina y luego se especializó en Cirugía Plástica, Reparadora y Estética; en Barcelona y en el extranjero.
Trata a sus pacientes “como a hermanos o como a amigos” y con todo el cariño. Este cirujano humanista ama sin querer, porque así le sale y le nace de dentro, a cada uno de quienes se acercan a él en busca de soluciones de salud y de belleza, por ese orden. Y lo hace tomándose la molestia, cómo no, de una forma distinta en cada caso, personalizada y adecuada según las necesidades de quien tiene delante.
Intuitivo, suele acertar, antes de oírlas, con las necesidades de quienes buscan su don de crear belleza en el filo de un bisturí, que él usa con la misma maestría que usaba de pequeño los lápices o los pinceles con talento innato, como un artista inconsciente que conoce la melodía que duerme en un piano sin necesidad de tocar una sola tecla.
“Trabajador infatigable, tenaz, con enorme voluntad, autoexigente y perfeccionista” afirma acerca de sí mismo, pero sobre todo se postula como “muy cariñoso” con sus pacientes -perdón, “amigos”-, porque es lo bastante cabal de reconocer pequeños complejos que ha eliminado pasando por el mismo quirófano donde casi cada día imparte cátedra. El cirujano que conoce las vivencias del otro lado y se hace sabio. Médico y paciente al mismo tiempo.
En 23 años de profesión, no ha podido jamás leer nunca novelas y sí todo lo relativo a avances en Cirugía Plástica y Estética. Ha tenido que dejarse “muchas cosas por el camino”, porque su apasionada dedicación al trabajo le ha privado de amigos, tiempo con la familia y para algo que no conoce, pero sabe que se llama ocio. Todo su tiempo lo invierte en hacer a otros el mismo bien que desearía para sí mismo.
En consecuencia, decir de él que se le tiene por uno de los cirujanos plásticos más influyentes del mundo, que se ha formado y ha trabajado con los mejores en su campo por todo el mundo, o que más de cien conferencias nacionales e internacionales y más de 5.000 intervenciones quirúrgicas le contemplan, no es suficiente.
Mejor decir que se llama Ignacio F. Sanza, el hijo que quiso ser cirujano y se hizo artista, el hermano antes que médico. El profesional de élite que necesita tocar, amar y dar lo máximo de sí a sus pacientes. El anfitrión que, cuando hace una fiesta, acuden, literalmente, mil pacientes agradecidos o sencillamente, mil amigos.
Amigos, a muchos de los cuales, en vista de su falta de recursos necesarios para la intervención que precisan, no ha dudado en tirar de altruismo, cobrarse con la incalculable satisfacción de intervenir al prójimo como a sí mismo, es decir, gratis.
Bromeando, con cariño, en paz consigo mismo, aventura que a su entierro acudirán miles de personas a quien quiso y que le quisieron. Y en su tumba, un sencillo epitafio:
El del niño prodigio que quiso ser humanista.